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Ciudad de México.— En una ranchería rodeada de cañaverales, vainilla y montes húmedos, Patricio García Ramírez aprendió a hablar el totonaco antes que el español. En Papantla de Olarte, Veracruz, su infancia transcurrió entre la voz de sus padres y el sonido del río. Hoy, décadas después, ese niño convertido en traductor, maestro albañil y padre de familia, defiende su lengua como quien protege el alma de su pueblo.
La voz que se niega a desaparecer
Desde joven, Patricio entendió que hablar totonaco era más que comunicarse: era afirmar su identidad. Sin embargo, esa herencia también trajo injusticias. Al migrar a los 13 años en busca de trabajo, se enfrentó a la discriminación y a las burlas por su forma de hablar. Participó en el 59 batallón de infantería de Veracruz y en la Ciudad de México trabajó como policía auxiliar; siempre llevó consigo el eco de su lengua.
“Hay personas que no pueden defenderse porque no hablan español”, explicó. Esa conciencia lo llevó a prepararse como intérprete y traductor en la Red de Intérpretes Traductores, desde donde ha colaborado con instituciones como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y la Defensoría Pública. Su tarea consiste en traducir la palabra y, con ella, devolver justicia a quienes no pueden hacerse escuchar.
En su comunidad, Patricio aprendió que la tierra también tiene voz. “Si se trabaja la tierra, ella nos da alimento”, dice. Esa enseñanza se convirtió en una forma de espiritualidad: cuidar los árboles, respetar el agua, compartir el fruto del campo. La fe, en Papantla, convive con la naturaleza. Cada 12 de diciembre, las familias preparan zacahuil, mole con guajolote y tamales de hoja de plátano para celebrar a la Virgen de Guadalupe.
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Lenguas que sostienen una nación
México es una nación construida sobre la palabra de sus pueblos originarios. Se hablan 68 lenguas indígenas, con más de 350 variantes. Según el INEGI, más de 25 millones de personas se reconocen como indígenas, aunque sólo 7.4 millones mantienen viva su lengua.
El totonaco, que Patricio aprendió de sus padres, lo hablan más de 200 mil personas, sobre todo en Veracruz y Puebla. Sin embargo, cada año disminuye el número de hablantes. En otros pueblos, las cifras son aún más críticas: lenguas como el ku’ahl, el kiliwa o el mocho’ están al borde de la desaparición, con apenas unos cuantos hablantes en todo el país.
Fe y raíces: el refugio en la familia
Aunque migró lejos de Papantla, Patricio nunca cortó el vínculo con su familia. La distancia no borró su lengua ni sus costumbres. Mantuvo vivo el idioma que sus padres y hermanos le enseñaron, sin embargo, reconoce que no logró transmitir el totonaco a sus hijos. La discriminación que él vivió lo llevó a protegerlos con el español, como si el idioma pudiera ser escudo y herida al mismo tiempo.
En su casa, la fe católica sigue siendo el centro de la vida. Las fiestas patronales, los rezos y la comida tradicional son momentos de encuentro donde la comunidad revive lo que los abuelos enseñaron. En esa espiritualidad sencilla, donde la tierra, la familia y la religión se funden, Patricio encuentra sentido a su misión: “Entendemos que ahí está nuestro sustento”, dice al hablar de su pueblo.
No perder el tesoro
Por su parte, el poeta totonaco Jun Tiburcio advierte que muchas lenguas del país agonizan. Algunas cuentan con apenas veinte hablantes. “Estamos perdiendo un tesoro de México que se nos escapa de las manos”, afirma. Su voz se une a la de Patricio y a la de miles que luchan por mantener vivas las raíces lingüísticas del país.
Proteger una lengua, dijo, es sembrarla en el corazón de los niños, como un gesto de amor y pertenencia. Cada palabra recuperada es una forma de rezar por el futuro.
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