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Ciudad de México.— En Pachuca, el legendario arquero colombiano René Higuita Zapata se detuvo frente al podio con una emoción que pocas veces había sentido. El público guardó silencio y, por un instante, el hombre que alguna vez desafió las reglas del fútbol con una acrobacia imposible, el famoso “Escorpión, pareció revivir cada paso de su historia. “Cuando el balón se detiene y el estadio está vacío, quien está a tu lado es tu familia”, dijo.
Un lugar entre los grandes
El Salón de la Fama del Fútbol Internacional abrió sus puertas para incluir al guardameta que cambió la manera de entender la portería. Higuita, en su discurso recordó a las figuras que lo precedieron, Beckenbauer, Maradona, Pelé, Zidane. “La incredulidad me invade”, confesó al mirar las placas de los ídolos que marcaron la historia.
Para el colombiano, ingresar a ese recinto no fue solo un honor personal, sino una confirmación de que la pasión y la entrega trascienden fronteras.
El fútbol como escuela de vida
Higuita habló del deporte que lo moldeó desde niño. “El fútbol me ha dado todo, me ha enseñado del error y de la virtud, del elogio y de la crítica, pero ante todo me enseñó a caer y a levantarme”. Esa lección, dijo, lo acompañó en cada etapa de su vida. Para él, perder fue siempre una oportunidad para aprender, y ganar una ocasión para agradecer.
Su carrera lo llevó a recorrer el mundo, conocer culturas, convivir con distintos pueblos y descubrir que la verdadera alegría nace del servicio y la entrega. Recordó con afecto su paso por México, donde defendió la portería de los Tiburones Rojos de Veracruz. “Disfruté esa forma de ser alegre y humilde de los mexicanos”, dijo.

Locura que genera alegría
El público sonrió cuando el colombiano mencionó su “locura”. No era una confesión de excentricidad, sino el reconocimiento de un impulso interior que lo llevó a atreverse a lo que otros no. “Tuve o tengo una locura que generó alegría”, explicó. Esa misma osadía, mezclada con talento, cambió incluso una regla del fútbol: la que permite a los porteros jugar con los pies.
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Cada vez que salía del arco para eludir rivales o cobraba un tiro libre, lo hacía por la afición. “Hazlo por la gente”, le repetía su voz interna. Su estilo desafiante fue, en el fondo, un acto de amor hacia el público. Con cada jugada, buscaba provocar sonrisas y mover emociones.

Lecciones para una vida con propósito
“El camino es el amor, la tolerancia, la solidaridad y el respeto”, afirmó. Para él, esos valores no son exclusivos del deporte; son la base de toda convivencia. “Eso hay que irradiarlo en todos los ámbitos de nuestra vida”.
Reconoció que la fama es pasajera, pero el ejemplo permanece. Por eso insistió en que, cuando el ruido del estadio se apaga, lo verdaderamente importante son los vínculos que se mantienen firmes: la familia, los amigos, la fe.

Gratitud que mira al cielo
“Soy la consecuencia de tantas batallas perdidas y sigo construyendo a golpes de coraje” y agradeció a Dios por haberle permitido seguir en pie, dijo antes de despedirse con un “Dios los bendiga” que resonó entre los aplausos.
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