Ciudad de México.- Benny Yu, fundador de El Pozo de Vida, llegó a México con una inquietud profunda. Al conocer la realidad de la trata de personas en el país, recordó su infancia marcada por abuso sexual. Aquella herida lo impulsó a actuar.
“No pasaste por ese dolor solo para proteger a tus hijos”, dijo una voz interior.
Así nació El Pozo de Vida, una organización que brinda atención integral a niñas, niños y jóvenes víctimas de trata, especialmente de explotación sexual.
Su primer proyecto fue una casa de refugio. Con los años, sumaron nueve iniciativas enfocadas en prevención, intervención y restauración.
Lo que enfrentan: trata sexual, laboral y migrante
Desde su sede en la Ciudad de México, El Pozo de Vida trabaja con víctimas que provienen de contextos muy diversos.
Desde niñas explotadas en zonas rojas como La Merced, hasta menores migrantes atrapados por el crimen organizado en su paso hacia los Estados Unidos.
“Muchos no saben que son víctimas”, advierte Yu. Mendicidad forzada, trabajos sin pago o explotación en fábricas son formas comunes de trata laboral.
Romper mitos y reconstruir confianza.
Uno de los mayores obstáculos es la desinformación. El término “trata de blancas” aún persiste, ignorando las múltiples formas que hoy adopta la esclavitud moderna.
En sus programas, El Pozo de Vida prioriza relaciones humanas. “Creamos espacios donde se sienta una familia”, explica Yu.
Desde terapias hasta proyectos que abordan las masculinidades tóxicas, su enfoque busca sanar a largo plazo.
Una misión sostenida por comunidad y fe.
Aunque Benny Yu se define como un hombre de fe, su trabajo no impone creencias. Más bien, impulsa valores humanos como la compasión, la justicia y sobretodo el perdón.
Los retos persisten: violencia digital, cambios culturales y fondos limitados. Aun así, El Pozo de Vida se prepara para llevar su mensaje a 90 mil estudiantes en el próximo ciclo escolar, convencido de que la prevención empieza en las aulas.