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“Si algo divide a la familia, no tiene valor. Si algo la une, vale todo”, Alex Martínez

Ciudad de México.- “¿Cómo puedes ver algo así y no hacer nada?”, se preguntó Alex Martínez al ver a una mujer enseñando a escribir a varios niños en condiciones vulnerables en un tejabán (que es o cobertizo construido sobre palos y tablones). No tenían escuela, ni techo firme, ni futuro claro. Ese momento definió un antes y un después en su vida.

Alex —empresario, docente y ambientalista— decidió construir una escuela desde cero para niñas y niños olvidados por el sistema. Hoy, esa aula improvisada alberga esperanza, conocimiento y comunidad.

Su historia es una lección de humanidad en tiempos de indiferencia.

Nacido en Coahuila, Alex Martínez es un hombre de múltiples roles: padre, esposo, maestro universitario, creador de contenido, político accidental y activista convencido.

A lo largo de su vida, ha enfrentado el reto de equilibrar su faceta profesional con su familia. “Si algo divide a mi familia, no tiene valor. Si algo la une, vale todo”, dijo durante una entrevista exclusiva con siete24 noticias.

Alex no proviene de privilegios. Creció en una familia modesta donde aprendió el valor del esfuerzo.

Recuerda cómo sus padres, ambos maestros jubilados, pasaban noches enteras preparando clases para estudiantes que ni siquiera eran sus hijos. Esa entrega marcó su vocación.

Criar con amor: la paternidad como motor

Alex habla con emoción cuando menciona a su hija Silvana. “Lo que más deseo es que sepa su valor, que no tenga miedo de ser amada”, confesó.

En su hogar, la crianza positiva es una prioridad.

Él y su esposa Areli han establecido reglas claras: respeto, autenticidad y comunicación constante.

“Uno de nuestros propósitos como pareja es sanarnos, incluso de heridas que no nos hicimos”, explicó.

Pese a la exposición pública que conlleva su activismo, la pareja ha aprendido a filtrar las opiniones externas. “La mayoría te exige ser mejor persona, y esa es una buena presión”, reconoció.

Un aula donde antes no había nada.

La escuela que Alex fundó nació de la urgencia. Una colonia marginada, olvidada por los gobiernos, albergaba a decenas de niños sin CURP, sin padres presentes y sin acceso a la educación e incluso provenientes de otros países por la migración que genera el estado al estar cercano a los Estados Unidos.

“Me dijeron: aquí los niños no van a la escuela porque no existen para el sistema”, recordó.

A partir de ahí, decidió donar su sueldo como regidor y reunir apoyos a través de sus redes. Compró materiales, pagó a una maestra y levantó un aula improvisada. Hoy, en ese espacio hay actividades escolares, desfiles patrios y, sobre todo, aprendizaje.

Gracias a esa iniciativa, las autoridades decidieron construir una escuela pública formal en la zona.

“Si un solo niño logra escapar del abandono gracias a esa aula, todo habrá valido la pena”, afirmó.

Compromiso más allá de lo político.

Aunque ha tenido cargos públicos, Alex rechaza verse como político. Prefiere hablar de propósito. “La política no estaba en mis planes, pero me invitaron por mi trabajo ambiental”, dijo.

Desde esa trinchera, propuso que los regidores donaran sus sueldos a causas sociales. Pocos aceptaron, pero él lo hizo. Ha financiado tratamientos médicos, prótesis y, más recientemente, una iglesia comunitaria en la misma colonia donde construyó la escuela.

El cuidado de la casa común a través del medio ambiente.

Su compromiso con el medio ambiente también ha dejado huella. Como parte de sus acciones comunitarias, Alex ha sembrado miles de árboles de diversas especies entre las que destacan: fresnos, pinos, truenos, sombrillas chinas, flor de san pedro, maples, arces encinos; plantados en diversas zonas y estados del norte del país, buscando generar conciencia ecológica y recuperar espacios verdes para las futuras generaciones.

Apoyado por una cuadrilla de jóvenes que se identifican con sus valores. Ellos siembran a diario un promedio de 35 a 40 árboles diarios, esto después de mantenerlos bajo su cuidado por cinco años.

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“No manejo presupuesto público, solo mi quincena. Pero si eso sirve para que alguien se sienta acompañado, vale todo”, aseguró.

Lo aprendido en casa: compartir, resistir, creer

En su relato, Alex comparte episodios que marcaron su identidad. Como cuando celebraba su cumpleaños junto a sus otros dos hermanos mayores para ahorrar, o cuando dormía sin ventanas en una casa en obra negra. Recuerda el frío, las cobijas donadas y el esfuerzo silencioso de sus padres.

También recuerda haber envidiado un coche que no tenía.

“Después entendí que debía esforzarme más. Reestructuré mis valores y comencé a dar lo mejor de mí”, explicó.

Fue así como se convirtió en líder estudiantil y consejero universitario.

Esa transformación personal ahora la transmite a otros jóvenes desde sus clases, sus redes y su activismo.

Una vida con propósito.

Alex encuentra en la fe un ancla para sus decisiones. “Hay cosas que están en manos de Dios y ahí están bien”, dice con convicción.

Hoy, además de la escuela que construyó, actualmente impulsa la edificación de un templo dentro de la misma comunidad.

“Después de educar a los niños, queremos ofrecer un lugar donde las familias hablen con Dios, donde sepan que no están solas”, explicó.

Cree que todo tiene un sentido. “A veces unos nacen con estrella, y otros tenemos que encontrárnosla. Pero todos merecen una oportunidad”, dice, mientras mira hacia su siguiente proyecto.

Un llamado a la empatía.

“Tenemos la responsabilidad de saber qué comunicamos”, advierte. Y cierra con un consejo que le dejó un amigo que ha trascendido: “No busques ser reconocido. Busca inspirar. Eso es mucho más bonito”.

ARH

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